Hoy estoy muy resfriado. No se si ha sido por la congestión o por la fiebre pero he tenido una pesadilla horrible.
Estaba en la sala de urgencias de un Hospital público de Madrid, junto a otras 15 o 20 personas más, tumbado en una camilla, sólo, porque debido a la aglomeración no dejaban estar conmigo a ningún familiar. Sufría no se que enfermedad terminal que me producía unos terribles y lacerantes dolores; esto me originaba unos tremendos mareos y nauseas acompañadas de sudores fríos y temblores. Casi no podía respirar. Cada vez tenía que hacer más esfuerzo para llenar los pulmones y cada bocanada era un supremo esfuerzo que producía un ronco silbido apenas audible que no apaciguaba el intenso ruido del ambiente. Sabía que me moría. Sabía que me estaba enfrentando a la muerte sólo y tirado en un rincón. Esta certidumbre me producía un pavoroso desasosiego, una mezcla de rebeldía y rendimiento, de lucha y aceptación. Tenía miedo, mucho miedo…
En esto pasó cerca de mi camilla un bulto con bata blanca. Como pude estiré el brazo y le agarre con fuerza del faldón de la bata:
- Por favor doctor, deme algo que me quite el dolor, que me haga descansar…
- Lo siento, le acabo de inyectar un Nolotil y no puedo aumentarle la dosis. Además no puedo darle medicación morfínica, ni más sedantes porque podría pasarme de dosis y dormirle demasiado.
- Mire usted, me da igual que me duerma usted lo que quiera, me estoy muriendo y lo que quiero es no sufrir más esta agonía.
- Lo que usted me pide es razonable pero el anterior médico al que yo he sustituido fue cesado, juzgado, calumniado y han arruinado su vida por hacer lo que usted me pide. Mi consejería ha decretado que en Madrid los ciudadanos deben morir conscientes, sufriendo y arrepintiéndose cristianamente de sus pecados. Si quiere puedo llamar a un sacerdote…
Estaba diciéndole por que cavidad fisiológica podía meterse al cura cuando desperté entre sudoroso e indignado. Me costó varios minutos darme cuenta que había sido un mal sueño.
Un mal sueño para mí pero una realidad para miles de pacientes de los Hospitales públicos madrileños condenados durante estos años a morir con sufrimiento y dolor, gracias a que a algún iluminado se le ocurrió utilizar al doctor Luis Montes y a su equipo como cabezas de turco de alguna cruzada no se bien si contra la sanidad pública o contra prácticas consideradas poco cristianas.
Estoy convencido que Manuel Lamela o Esperanza Aguirre pasaran ( ojalá que lo más tarde posible ) este trago en un cómodo hospital privado, en habitación individual rodeados de toda su cristiana familia y cuando el dolor o el nerviosismo se hagan lacerantes un amable doctor le prescribirá un potente sedante para que no sufran, eso sí, después de haber recibido la extremaunción.


